En pleno cierre de agosto, cuando vencían contratos de futuros por más de USD 1.200 millones, el Banco Central aplicó la Comunicación A 8311 y dejó sin margen de maniobra a las entidades. Los banqueros hablan de “manotazo” y acusan al Gobierno de repetir viejas recetas del kirchnerismo.
El discurso libertario quedó en offside frente a la realidad. Mientras Javier Milei promete “la más férrea defensa de la libertad económica”, su Banco Central impuso de golpe un corset a las entidades financieras, al mejor estilo K.
La Comunicación A 8311, publicada el último día hábil del mes y en plena rueda del fixing de futuros de agosto, impide a los bancos ampliar su posición en dólares justo en el cierre y redefine la forma de medir la Posición Global Neta Negativa a partir de diciembre. El mensaje fue claro: ni un movimiento más en la plaza cambiaria sin el visto bueno del Central.
La medida desató furia en las entidades financieras, que se sintieron traicionadas por un Gobierno que se jacta de “anti-intervencionista”. “Esto es un manotazo, un golpe de timón kirchnerista con otro maquillaje”, disparó un operador en off.
El trasfondo es todavía más polémico: el BCRA acumula más de USD 6.000 millones vendidos en futuros para contener el dólar y, ante el riesgo de un salto en la cotización, prefirió cortar de raíz cualquier jugada especulativa de los bancos. Una estrategia que recuerda demasiado a las viejas maniobras de control del mercado bajo Cristina Kirchner.
La contradicción ya no se puede disimular: Milei promete motosierra al “Estado planificador”, pero su equipo aplica cada vez más regulaciones. Para los bancos, el Central es hoy el árbitro y el jugador al mismo tiempo. Y en esa cancha, los que pierden siempre son los privados.