“Solo paso a dar las gracias a Dios y a todos los que se preocuparon, estamos bien. ¡Dios es grande, muy grande!”. Con ese mensaje, el piloto necochense Martín Anchorena llevó tranquilidad a sus familiares, amigos y conocidos después del terremoto de magnitud 7,7 que sacudió Panamá el viernes.
Sin embargo, detrás de esas palabras de alivio hay un escenario de angustia, evacuaciones y mucha incertidumbre. Anchorena, que vive en un piso 31 de un edificio en el país centroamericano, contó cómo atravesó las horas posteriores al sismo y describió el temor que se apoderó de la población.
“Estaba llevando a unos amigos al aeropuerto y, gracias a Dios, no sentí nada porque tengo una camioneta bastante grande. Pero cuando llegué a casa estaba todo evacuado, la gente llorando”, relató.
El necochense explicó que, aunque los movimientos sísmicos no son extraños en Panamá, la magnitud de este terremoto sorprendió a todos. “Acá es normal que se mueva, pero no con esa magnitud”, señaló.
La situación que encontró al regresar a su vivienda fue completamente distinta de la habitual. Los edificios habían sido evacuados y cientos de personas permanecían en las calles, a la espera de novedades sobre las condiciones de seguridad de sus hogares.
“Están saqueando supermercados, toda la gente está en la calle. Todo el mundo tuvo que evacuar”, describió Anchorena al referirse al clima de tensión que se vivía tras el terremoto.
Una de las principales preocupaciones era saber cuándo podrían regresar los residentes a sus departamentos. En su caso, el hecho de vivir en un piso 31 sumaba un interrogante importante, ya que la vuelta dependía de las evaluaciones de seguridad que debían realizarse en los edificios.
“No sé cómo van a evaluar para la vuelta a los edificios”, expresó.
La incertidumbre se extendía entre quienes habían tenido que abandonar sus viviendas y todavía no sabían cuándo podrían volver a ingresar. La prioridad era determinar si las estructuras habían sufrido daños y si existían condiciones para regresar sin riesgos.
En medio de la emergencia, Anchorena también tuvo que regresar a su departamento para buscar algunas pertenencias. La experiencia estuvo marcada por las alarmas de evacuación y el temor a que se produjeran nuevos movimientos.
“Yo venía tapándome los oídos porque la alarma es muy fuerte y rezando, porque soy muy católico”, contó sobre ese momento.
El piloto debió subir por las escaleras hasta su vivienda, ubicada en el piso 31, mientras continuaba la preocupación por las posibles réplicas del terremoto.
Según su relato, después del movimiento principal se sintieron alrededor de 50 temblores de menor intensidad, lo que prolongó la tensión y dificultó que la población recuperara la tranquilidad.
El sismo ocurrió el viernes 9 de octubre y alcanzó una magnitud de 7,7, de acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). El epicentro se ubicó cerca de Tonosí, en el sur de Panamá, a unos 239 kilómetros de la capital.
La fuerza del movimiento provocó daños en viviendas, escuelas, hospitales, iglesias, edificios gubernamentales, puentes y carreteras. En Penonomé se registraron derrumbes en construcciones, entre ellos daños en la sede de la Gobernación y en una de las torres de la catedral.
De acuerdo con el balance difundido este sábado por las autoridades panameñas y recogido por la agencia EFE, había al menos 27 personas con heridas leves, unos 300 evacuados y más de 400 edificaciones afectadas. Hasta ese momento no se habían informado víctimas mortales.
También se emitió una alerta de tsunami que posteriormente fue levantada, mientras los equipos de emergencia continuaban evaluando los daños y las condiciones de seguridad.
En medio de ese panorama, Anchorena buscó llevar tranquilidad a quienes estaban pendientes de su situación desde Necochea y otros lugares.
Su mensaje estuvo atravesado por la fe y el agradecimiento por haber salido ileso de una situación que tomó por sorpresa a miles de personas.
“Siempre estoy tocado con una varita”, expresó el piloto, al reflexionar sobre lo ocurrido.
Aunque confirmó que él y sus allegados estaban bien, su testimonio refleja la incertidumbre que todavía atravesaban muchos habitantes de Panamá: edificios evacuados, réplicas, daños materiales y la espera de una evaluación que permitiera saber cuándo sería seguro regresar a sus hogares.